Recién había cumplido los dieciséis años cuando conocí una muchacha que me hizo padecer los insomnios del amor. No era hermosa como las imágenes retocadas con Photoshop, pero tenía una sonrisa que se me antojaba llena de cascabeles. No me pregunten su nombre. Tampoco dónde vivía, porque ella estaba en todos los lugares en donde yo estuviera o quisiera estar. Pero mi timidez no me dejaba aproximar a sus lindes y solo me atrevía a verla desde la media cuadra. Hasta que un día mi hermano, cuatro años menor que yo pero diez años más aventajado con las chicas, me acercó cautelosamente. En la primera charla estuvimos hablando de lo que hablan dos adolescentes. Yo logré intercambiar con ella unos gestos y varios tartamudeos hasta que por fin pude mirarla a los ojos. No sé por qué pero su parpadeo de pestañas largas y fines coquetos me hizo pensar en un automóvil que se viene en sentido contrario por una carretera
oscura y solitaria y al acercarse hace un cambio de luces. Yo tomé esa señal como de aceptación a reservarme un espacio al lado suyo. Así que dos días después, a las siete de la noche, me fui acercando a su territorio con un poco más de confianza. Nos sentamos en una banca del parque de La Ermita. Saqué fuerzas de mi flaco ánimo y la llamé por su nombre. Recuerdo que mi tartamudeo fue un 67% menos que la primera vez y me atreví a hablarle, con más confianza, de Hölderlin, de Pedro Salinas, de Poe, de Whitman, de Baudelaire, de Vicente Huidobro y de otros poetas que venían nutriendo mi secreto vicio de la lectura. Ella me escuchó en silencio. Al rato me preguntó: ¿De dónde son esos cantantes? Su interrogante estaba despojado de toda maldad.La miré con un sentimiento que mezclaba la pena y la ternura. La miré con compasión. Incluso se me ocurrió un mal chiste y por poco le respondo: Son de la loma. Pero me contuve porque el amor está por encima de todas las torpezas y esa noche solo tuve en cuenta que, en esos momentos lo más oportuno era entregarle todo mi corazón y, por supuesto, algo de teoría literaria. Al llegar la despedida le pregunté: ¿Mañana a las siete? Solo contestó: "Bueno. a las siete". Su respuesta me resonó toda la noche y parte del día hasta que llegó la hora. Desde las seis y media yo estaba sentando en la misma banca, repasando las líneas de la casa que tenía en frente, repasando las líneas de un diálogo que había preparado con la misma minuciosidad con que un orador prepara su discurso para llevarlo a la asamblea de líderes mundiales. Pasaron los minutos. Pasaron las horas. Pasaron los siglos. A las once de la noche el parque se tornó silencioso. Algún transeúnte despistado pasó presuroso hacia su casa. Yo me levanté y empecé a caminar hacia la mía, arrastrando la frustración mientras pensaba: Ella nunca volverá. Nunca más.

