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EL RIESGO DE TOMAR CAFÉ CON UNO DE ESOS AMIGOS

Salí de la casa a las 4:57 p.m. con el propósito de comprar un pote de vaselina. No lo necesitaba, hay que decirlo, pero se me ocurrió que algún domingo por la tarde tendría la urgencia de comprar uno y no encontraría comercio abierto. Uno nunca sabe. Bajé sin prisa por la octava con la esperanza de no encontrar a alguien conocido que me obligara al saludo, bordeé el parque de La Ermita y luego doblé unos pocos pasos para coger por la séptima, la que linda con el Elías Guerrero. Justo en la esquina de la alcaldía tropecé con Arturo (Sus amigos solíamos llamarle “Zorrillo”. No me pregunten por qué). Viejo amigo desde el 57 cuando compartimos salón de clases en la escuela, él se había ido del pueblo y ahora caminaba por las calles de no sé qué ciudad de Estado Unidos. No fue sino verme para levantar los brazos como si me fuera a abrazar desde la distancia. Se acercó alborozado. “¡Viejo Manolo, qué gusto de verte después de tantos años!” exclamó con un vozarrón que de veras me sorprendió. Tres señoras que cruzaban la calle se detuvieron un instante para mirarlo con ojos de interrogación. “¿Treinta años? ¿Tal vez más?” me preguntó, dibujando una sonrisa que yo terminé aceptando como de alegría sincera. Y me descargó, sin ninguna consideración, un manotazo sobre mi hombro izquierdo. Le contesté que sí, que más o menos era ese tiempo, y hasta me di la libertad de mencionarle algunos referentes que compartimos la última vez que nos vimos: el aguacero repentino que nos hizo refugiar en la cafetería que seguía con las puertas abiertas en la otra esquina, el hermano retardado de Miguel que llegó pidiendo una “gachiocha”, (claro: nos pedía una gaseosa) en fin… detalles sin trascendencia que se quedaron en la memoria sin razón alguna. “Pues vamos a recordar esos viejos tiempos”, me dijo señalando la cafetería. Con una sumisión -obligada en esos momentos por la costumbre social- me dejé arrastrar, tratando de no perder sus palabras entre el ruido de la calle. Entramos al tiempo por una de las tres puertas, haciendo una pausa para buscar una mesa que se ajustara a muestro gusto. Pedimos café oscuro.


Casi una hora estuvimos hablando de una cosa y la otra, repasando anécdotas que nos producían carcajadas. Nada extraordinario. Al segundo café se abrió una pausa incómoda, pues a pesar de no haberse prolongado más de diez segundos, empezó a tallar en la espalda. Entonces Arturo soltó un interrogante que yo no esperaba:

―“Hola, Manuel, contame… ¿vos seguís siendo comunista”?

Un garrotazo en la nuca me hubiera golpeado con menos contundencia. Guardé silencio, no por discreción sino porque la sorpresa me amordazó. Yo trataba de entender qué intención se agazapaba detrás de la pregunta. A lo mejor se le salió por la falta de algo más para hablar, fue lo que pensé.

―Yo no soy comunista, ni lo he sido ―le respondí, sin lograr atajar una molestia que desencajó la expresión casi siempre tranquila de mi rostro. ―Yo no soy comunista, ni lo he sido, aunque militar en ese partido no es un pecado, como no lo es ser conservador o liberal.

―¿Ni chicha ni limoná?

Entonces recordé una noche de hace muchos años, en esa misma cafetería, cuando Javier Arredondo nos invitó, a los seis contertulios de siempre, a tomar té con leche.

―¿Té con leche? Los ingleses lo acostumbran, pero nosotros somos de café negro y a veces sin azúcar. ―replicó alguien.

―Tomar té no nos hace ingleses, ni tomar café nos hace colombianos ―intervine.

Así inició el tema de la noche… una noche propicia al palabrerío sin importancia. Hasta que Arturo descargó la pregunta más incómoda:

― ¿Y si yo fuera guerrillero a qué me invitarías, Javier?

―Ser guerrillero no te impide tomar té, ni te impide comer mierda ―respondió Javier con tono que ya se sentía áspero.

En el ambiente flotaba una nube que iba oscureciendo. Arturo era sarcástico y a veces irónico, pero ni para lo uno ni para lo otro tenía esa finura que distinguía a Oscar Wilde, Johnnathan Swift o Mark Twain, escritores que yo leía con deleite. Tratando de bajar la tensión, expuse un punto de vista que resultó tan desafortunado como desacertado:

―La guerrilla tiene sus más y sus menos. Ellos empezaron como un grupo que actuaba movido por la reivindicación de los derechos de los obreros, de los campesinos, de los más desfavorecidos… terminaron como un grupo de extorsionistas, como una vulgar banda de delincuentes que olvidó los propósitos sociales. Si la guerrilla fuera la que en los 60 luchaba contra el poder para defender los intereses de los campesinos y la clase obrera, yo creo que estaría en el monte con un fusil en las manos.

―Entonces vos sos comunista, Manuel.

―No soy comunista ―le dije con firmeza esa noche.

―Yo no soy comunista, ni lo he sido ―le respondí ahora, como hace treinta años o más, sin lograr atajar una molestia que desencajó la expresión casi siempre tranquila de mi rostro. ―Yo no soy comunista, ni lo he sido, aunque militar en ese partido no es un pecado, como no lo es ser conservador o liberal.

El ambiente se hizo pesado. Arturo no dejaba de sonreír. Ahora lo hacía con una sonrisa fingida y cargada de malas intenciones, tal vez mostrándome que vivir en Estados Unidos lo hacía superior a mí; quizá buscando que me sintiera incómodo como castigo por ver el mundo de manera diferente. En realidad me sentía decepcionado.

Las aspas de un ventilador giraban sobre nuestras cabezas. Afuera, el aguacero de treinta años atrás empezó a golpear en el recuerdo, tratando de apagar las palabras de Arturo, que no dejaba de sonreír. Entonces, al igual que el agredido que busca con desespero un palo o una piedra para detener a quien lo ataca, eché mano del más sucio instrumento de defensa y le pregunté, esforzándome por imitar su sonrisa:

―¿Tu mamá puso en Estados Unidos su casa de citas?

Es que Chila, la mamá de mi amigo, tenía uno de los cuatro burdeles que funcionaron en este pueblo. El de Chila era el que frecuentaban los notables, los abogados y todos los empleados de las oficinas públicas, porque estaba a las afueras, lejos de las miradas de reproche, y no tenía bombilla roja arriba de la puerta de entrada. Arturo no contestó. Se levantó sin prisa pero decidido a marcharse de inmediato. Yo metí la mano al bolsillo del pantalón para pagar el consumo. Arturo exclamó: “¡Nooo, mi querido amigo, Yo invité!”. Salió por la puerta más cercana, aspiró profundo el aire de la noche y dirigió su desazón hacia el otro lado de la calle.

Hasta nunca, mi ‘querido amigo’, me escuché despidiéndolo.